Ex Libris

jueves, 17 de mayo de 2012


Los todos libros por Martín Almádez

Los libros suelen ser generosos. Lo dan todo. Apenas se los lee se entregan sílaba a sílaba, palabra a palabra, línea a línea, párrafo a párrafo, idea a idea. Son bondadosos todos ellos, o casi todos.

Mi abuela los chiquiaba. Les hacía sentir el cariño que nos procuraban con sus cuentos. Y ellos, muy orondos, no paraban de contar.

Luego un profesor de primaria muy lector y que acabó por ser periodista, me presentó a unos libros exigentes, de esos que no soportan el descuido y la desatención, son celosos y muy críticos, y solo se ofrecen cuando se los corresponde.

Los libros pueden llegar desenfadados también. Son aquellos que no dudan abrir temas que otros consideran pequeños pero que ellos los tratan como si fuera la única teoría sobre la sobrevivencia humana, como los que hablan de la historia de los zapatos o por qué los reyes visten de azul. Esos son quizá los más astutos porque consiguen atrapar a los lectores sin que se den cuenta y se hacen leer sin que el tiempo pase.

Hay otros que su punto fuerte es el misterio, quién sabe que secretos guardan con los sueños sobre criaturas con cara de ángel y cuerpo de bestia. Siempre buscan sorprendernos y nos cambian el aliento cuando los leemos porque nos hacen sentir que estamos dentro de ellos y cruzamos desarmados el bosque de sus páginas.

Otros toda su vida se la pasan hablándole a Dios. Creen fervientemente que es una forma de acercarse a Él. En cambio hay unos que solo buscan hacer lo contrario que los primeros y éstos suelen tener lectores sin necesidad de publicitarse. Son secretos a voces. Y todo mundo los conoce y nadie o pocos hablan de ellos.

Siempre me han acompañado los libros. Algunos inolvidables y otros no tanto. Pero siempre han estado ahí los generosos libros.

Hay algunos que se resisten a ser abiertos por cualquiera. Son huraños con quienes los buscan solo para obtener fechas y nombres, hazañas sobresalientes y anécdotas curiosas. Les molesta presentirse utilizados sin ser valorados. Y por eso rehúyen con frecuencia a los políticos. Les disgusta su pragmatismo y su torpeza para entender la profundidad de las palabras. Pero más todavía que no valoren sus palabras. Que las tomen como si fueran números, o sea, solo para nombrar y no para actuar. Los libros y los políticos se repelen.

Me he acostumbrado a su modo. He sabido resolver casos complicados con aquellos que tienen un carácter difícil o son malhumorados y hasta a sobrellevar a los muy monos y hasta presumir de los de plano ñoños. Yo los he considerado a todos los libros por igual mis amigos. Y creo que hasta donde me he dado cuenta ellos también me consideran igual.

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